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Territorios

¡A los botes!

Con el cambio climático las lluvias son cada vez más frecuentes y Buenos Aires no está preparada para soportarlas. Solo resta esperar que nos tape el agua.

Por Denise Destefano

El golpe de las gotas contra la ventana te levanta quince minutos antes de que suene el despertador. La lluvia anticipa un día difícil. Sabés que el subte probablemente estará demorado, los colectivos vendrán llenos y pedir un taxi será imposible. Evaluás ir en auto, pero calculás que si estuvo lloviendo toda la noche la esquina de Blanco Encalada y Zapiola será un charco enorme. Sacar el auto en esas condiciones sería más un problema que una solución. Te ponés el piloto, dispuesto a enfrentar el trastorno que implica un día de lluvia en la ciudad y pensás: “¿Hasta cuándo viviremos prisioneros del agua?”.

La última inundación de febrero dejó 500 autos destruidos, 250 comercios y cien casas y edificios de departamentos dañados solamente en el barrio de Belgrano. En esa oportunidad la tormenta se llevó unos cuatro millones de pesos, según la ONG Defendamos Buenos Aires. Una sola lluvia resultó en una ciudad con subtes parados y semáforos rotos, vuelos suspendidos en Aeroparque, más de 60 mil viviendas sin luz y varios accidentes de tránsito. El tren de la línea Roca y el Premetro interrumpieron su servicio porque las vías estaban inundadas. Los barrios más afectados fueron, como siempre, Palermo, especialmente la zona de Puente Pacífico, y Belgrano. También se vieron complicados Almagro, Villa Crespo y Villa Lugano.

Y esto no fue nada comparado con las inundaciones catastróficas de 1985 y 2010. En mayo de 1985 llovió 308,5 milímetros en 25 horas, lo que causó una muerte por electrocución y la interrupción de los servicios de gas y teléfono. Y en febrero de 2010 las lluvias acumuladas superaron los 370,2 milímetros.

Según el Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera de la UBA, el caudal de lluvias viene aumentando en los últimos años en la costa bonaerense y la tendencia se agravará en el futuro. Lloverá más y con mayor intensidad. La pregunta es, entonces, ¿las nuevas obras de infraestructura hidráulica de la Ciudad serán suficientes para enfrentar el escenario futuro, con más y más gente, cantidades inmensas de basura y torres floreciendo en todos los barrios? Y, además, con un clima imprevisible por el cambio climático y episodios de lluvia cada vez más frecuentes, ¿qué nos deparará en los próximos años a los ciudadanos de Buenos Aires?

Antes de la inundación

Ya empezamos mal: Buenos Aires fue construida en una zona baja e inundable sobre un terreno con ríos y arroyos con poca pendiente y capacidad de evacuación natural. A su vez, el viento del Sudeste, cuando es fuerte, empuja el agua del Río de la Plata sobre la Capital. Si a estos factores les sumamos lluvias intensas, es decir: con mucho agua en poco tiempo, estamos hablando de una zona de riesgo hídrico.

El crecimiento de la ciudad, por otra parte desordenado, produce una impermeabilización cada vez mayor en el suelo generada por el pavimento y el cemento. La construcción de cocheras bajo las plazas que impiden la absorción, los espacios verdes reducidos y el relleno de bajos naturales para ganarle terreno al río tampoco contribuyó.

A esto se le agrega una creciente cantidad de residuos que tapan las bocas de tormenta, el aumento de la altura de las calles repavimentadas y una red de desagües pluviales limitada pensada para 800 mil habitantes en la que no se invierte hace sesenta años.

Bajo la ciudad de Buenos Aires corren varios arroyos; cinco de ellos desembocan en el Río de la Plata y cinco en el Riachuelo. Para evitar la contaminación y los desbordes, en su momento fueron entubados y su desembocadura se alargó, en el caso del Maldonado hasta mil metros desde su lugar original, retardando aún más su posibilidad de escurrimiento.

Por otro lado, la rectificación de los cursos de agua, los puentes del ferrocarril y algunos caminos hacen de barrera e inundan terrenos que de otra manera no se verían afectados por el agua. Todos estos factores hacen que cada vez que las lluvias superen los treinta milímetros en media hora la Ciudad esté en problemas.

“Cuando hablamos de riesgo de inundación no hay riesgo cero”, definió Silvia González, doctora en Geografía e integrante del Programa de Investigaciones en Recursos Naturales y Ambiente del Instituto de Geografía de la UBA. Con una determinada recurrencia, dependiendo de la intensidad del agua caída y de la coincidencia o no de una sudestada, los arroyos se desbordan porque es su comportamiento natural y esperable. Las inundaciones son el principal riesgo de origen natural de la Ciudad.

Imágenes del diluvio

Los automóviles navegan. Los colectivos arman olas cuando pasan por la avenida Santa Fe. El oleaje arremete contra una moto que, desesperada, trata de hacerse camino contra la corriente. Un hombre resignado avanza contra un remolino que le toca las rodillas. A esta altura, el agua llega casi a las ventanillas de los autos. Las alarmas empiezan a sonar y parece que se contagiaran entre sí. Una mujer en mini, con cuidado, da pasos largos tratando de adivinar dónde va a pisar. Un contenedor de residuos, a la deriva. El dueño de un PH trata de llegar a su casa: en el pasillo común tiene el agua por la cintura.

Parece una película pero son escenas reales de las inundaciones de 2010 y 2012. Y bien podrían ser imágenes del futuro cercano si las precipitaciones siguen aumentando como se proyecta y las obras encaradas hasta el momento no dan abasto.

Según la Asociación Lago Pacífico en la inundación de febrero de este año la esquina de Santa Fe y Juan B. Justo se volvió a inundar a pesar de las obras del túnel aliviador del Arroyo Maldonado. El agua invadió la esquina, llegó a entrar por la boca del subte de la línea D y subió por las calles Humboldt y Godoy Cruz.

De acuerdo con el gobierno de la Ciudad, las grandes lluvias perjudican a 7.500 manzanas, 375.000 viviendas y 28.000 comercios. La cuenca del Maldonado es la más afectada y los barrios donde más se acumula agua son Villa Crespo y Palermo. Le sigue la cuenca del arroyo Vega, que afecta principalmente a Belgrano, y la del Medrano en el extremo norte de la ciudad. Entre las tres suman más de un millón de personas perjudicadas con cada inundación.

“Para las obras del Maldonado se tomó el escenario histórico. Y, por ejemplo, se desestimó cómo afectaría el cambio climático en la distribución de las lluvias porque se consideró que no era relevante”, opinó González. “Con las nuevas obras va a evacuar mucho más rápido el agua. Hablando en coloquial, en lugar de mojarte hasta las rodillas te mojarás hasta los tobillos. Esto no quiere decir que no se produzca la inundación”, aclaró.

Según un informe de la Fundación Ciudad, habrá una aceleración en el aumento del nivel medio del Río de la Plata y se estima que crecerá entre cinco y diez centímetros adicionales en el transcurso del siglo XXI con un predominio del viento del Este.

Me pongo a pensar en una ciudad donde las lluvias se hacen cada vez más frecuentes e intensas y las obras no avanzan a la par. Los primeros en fallar en las inundaciones son los servicios: desde la energía eléctrica y el teléfono hasta el transporte público. Los comerciantes pierden mercadería por los cortes de luz y todos tenemos que vaciar los freezers. Los servicios de emergencia se demoran. Más. Las ambulancias llegan tarde. Los autos no salen. Los que estaban en garajes subterráneos se arruinan. Los cimientos se van deteriorando de a poco.

Las inundaciones aíslan a la población, interrumpen clases, trabajos y viajes y afectan las más mínimas actividades cotidianas. Los espacios públicos quedan inutilizados y los roedores y otros vectores proliferan cuando el agua permanece por varios días. Porque una vez que la tormenta pasó y bajó el agua, hay que evaluar los daños.

El escenario no es alentador para una región con cincuenta tormentas anuales. Pero el factor climático es aún incierto, tanto como lo son el crecimiento de la ciudad y sus consecuencias. Habrá que estar preparado, entonces, y esperar a la próxima lluvia.

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