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Territorios

36 hs en una casa okupa de Berlín

El último bastión del punk anarquista alemán, resiste con su ritual de música dura, alcohol barato y perros negros.

Textos y fotos: Gabriel Magnesio (Desde Alemania)

Berlín está en el centro de todo lo que ocurre y ocurrirá de importante en Europa en los próximos años”, declaraba David Bowie -en Vogue-, en los años setenta.

Ese presente de cortina de hierro seducía la imaginación decadente y mórbida del rock. Bowie vivía, junto con Iggy Pop y Lou Reed, en el Berlín insular del Oeste, esa isla rodeada por un mar soviético, terreno despojado de ortodoxia, donde cualquier muro era sospechoso, donde se asumía una vocación under, donde se ocupaban los edificios de forma ilegal: allí asomaron Nina Hagen y la punk-actitud.

Pero el tiempo pasó y Berlín fue mutando. El muro cayó. Ya nada volvió a ser igual. Así el 23 de febrero de 1990, un grupo de okupas se instaló en un edificio casi en ruinas. El edificio Fürstenhof era un hotel refinado y moderno, fetiche de la burguesía germánica en tiempos imperiales. Historia mediante -Segunda Guerra y Muro-, el edificio de la República Democrática Alemana, inmueble de alojamiento de Berlin-Mitte, tenía en ese entonces un destino objetivo: la demolición. Eran los tiempos de la reunificación alemana. Una unificación que trajo nuevas trazos, nuevos grupos sociales, un escenario por completo distinto. Los okupas formaban parte de ese escenario. Se apropiaban del Este libre y abandonado. Era el inicio, ya sin la Cortina de Hierro, del movimiento autónomo e ilegal.

Un under muy distinto al que había vislumbrado Bowie. Un under mucho más real que una letra de rock. Un under sin glam, que no le daba reportajes a nadie. Ese under nacido con la caída del muro dejó el Berlín insular del Oeste y emigró al Este. El nuevo territorio tenía espacios y las voluntades estaban ávidas de marginalidad y experimentos. Los entonces nuevos anarquistas punks ocupaban viejos edificios prusianos que custodiaban con hierros y cuerpos tatuados: esa fue la primera metáfora de la ciudad reunificada.

Kopi 136Primeras horas
En Berli?n hoy viven casi cuatro millones de habitantes. Se trata de una urbanidad abierta, desproporcionada, nunca circular; con muchos centros o con ninguno. Una ciudad siempre herida, contradictoria, mutante, provisiora. Los grafitis cubren la capital alemana y suponen la expresión desesperada por construir una identidad repleta de colores y curvas.

El perímetro anarquista, ese under de los noventa, ha perdido espacio y, si se quiere, gracia. Hoy se erige en algunas casas, algunos símbolos que guardan la estética del under noventoso, hijo de la caída del muro. En el límite de los barrios de Mitte y Kreuzberg, Köpi (Köpenickerstr. 137) es uno de esos espacios autárquicos, casa mítica y okupa. Köpi, como se la conoce, tiene cinco pisos, 1.900 m2, conciertos rudos y DJ’s de la escena punk, hip-hop y tecno aggiornados, el día domingo, con un brunch vegetariano.

Se trata de un punto radical de la cultura alternativa berlinesa: es la casa okupa más célebre de Europa después del cierre de la también berlinesa Tacheles -en la calle Oranienburgerstr- que hoy es un paseo turístico y de la evacuación de Ungdomshuset en Copenhague, Dinamarca. Köpi es la hermana mayor de la casa Rote Flora -Hamburgo-, de Ernst-Kirchweger-Haus -Viena-, de Blitz -Oslo. Todos albergues de los movimientos autónomos, anarquistas, punks. Todos ellos dando todavía la batalla más extensa de la historia: la lucha día a día contra el capitalismo.

Por eso, Köpi está protegida por alambres de púas y cartones que tapan los agujeros del tejido artesanal original: no hay que dejar lugares por donde se filtre el sistema dominante. El tejido también sirve para detener invasiones neonazis, dicen. El edificio tiene un color marrón desteñido; un color quemado por el sol, las bombas y el paso del tiempo.

Una mujer empuja un cochecito. Tiene el pelo largo, espeso y negro, el flequillo cortado a la altura de las pestañas. Los ojos se humedecen. Una lágrima le corta el rostro. Huele a patchuli y sudor. El perfume tapa la mugre de la ropa. Busca al hombre, al padre. “To hurt me”, dice y empuja. La relación interna es conflictiva. El poder está distribuido. Se decide en las asambleas y el principio es la anarquía.

De este modo, los habitantes de la casa han resistido a una serie de intentos de expulsión e intimidaciones: cámaras de vigilancia en los edificios vecinos, policías en civil, amenazas penales. El terreno es preciado por quienes lo imaginan en hotel de lujo, parkings, building de oficinas. Pero Köpi, con su perfil medieval, se impuso y logró un cese al fuego. Negoció, con el nuevo propietario, tres décadas de ocupación liberada. En estas ruinas cubiertas de mugre viven más de 60 personas que negociaron pagar cada uno entre 100 y 150 euros al mes.

El fuego arde dentro de los cubos de metal partidos al medio. En el patio, una decena de punks cargados de cuero, clavos, gomas, cadenas, tatuajes y perros toman cerveza alrededor de las llamas. Tienen la piel pegada al cráneo rapado. Son habitués del mítico club punk Wild at Heart. Pero ellos, ahí tirados, no tienen nada de míticos.

Desde adentro
En el distrito berlinés de Kreuzberg las nubes del narguile flotan en la vereda helada. Frente a los carteles de caligrafía otomana, vibra el humo denso que tiene un tiempo propio y es aspirado por estos descendientes de sultanes, de un viejo imperio de ejércitos potentes, harenes y el comercio de la seda bizantina. Es el barrio turco y under conocido como la Pequeña Estambul.

Ahí está situada Köpi 137. Ahí un perro negro descansa en la entrada de la casa, al lado de la puerta hecha con hierros recuperados. Sobre los metales cuelga una bandera negra cuya inscripción en blanco dice Kapitalisme con la A de la anarquía. Adentro, los caños rotos enfrian el edificio en ruinas, donde, ahora, se proyectan tres versiones de Alica en el país de las maravillas.

Los habitantes de Köpi 137 no hablan inglés, sólo alemán periférico: punk de base en tierra. Un punk alemán desconfiado, brutal, obsceno. Toman vodka puro y barato. Se cubren -cuero, campera militar- con tela gruesa y resistente, una telaraña de redes, capas de hilo entretejido que resisten al tiempo y al frío. Tonos oscuros, cortes precisos cerrados al cuerpo, ropa física que contiene los puños, codos, antebrazos.

Ahora, detrás de los hierros omnipresentes, en este Berlín de plomo y grafitti, un punk heroinómano sube las escaleras con su perra. Grita, al costado de la noche, desde el techo, con fondo de Die Toten Hosen y Schopenhauer. Llueve, grita, se mete un pedazo de pan en la boca: arranca, mastica, escupe con furia. El fuego arde en el patio. Una decena toman cerveza alrededor. Los perros, uno por cada persona de la decena, son negros. Un tipo, menos punk, limpia. Los demás lo ignoran. El tipo sale con baldes repletos de agua negra y un porro en la boca.

Es la noche de un sábado leve y crepuscular. En los clubes de la capital bailan los descendientes de los culpables y de las víctimas, mezclados gracias a la alquimia de las drogas sintéticas, de la soberanía sexual, del dance hipnótico. “Berlín es más que culpa y pasado”, replica la revista Der Spiegel.

Sin embargo, la culpa y el pasado están ahí, a metros de Köpi, en el museo Checkpoint Charlie. Este año se celebra el veinticinco aniversario de la caída del muro del Berlín y el museo turístico más visitado de Berlín, expone con alevosía la historia del muro y los ingeniosos modos de cruzarlo o, al menos, sus intentos.

Pero en Köpi los planes son otros. Ahí, pegado a Köpi 137, está la entrada del Kit Kat Club. “Come to the Cabaret…”, repite una chica de pelo negro con flequillo cortado a media frente. En la entrada del Kit Kat Club, la chica insiste: “Life is a cabaret, baby”, dice. Y abre la puerta: espalda desnuda, escote interminable.

Kopi 136La vida es un cabaret
El escenario del Kit Kat Club es oscuro, duro, metálico. El cielo es negro, bañado por luces estroboscópicas y rosadas. En un sofá, un hombre intenta masturbarse. Insiste, flácido.

Petra, alemana de padre ruso, de ojos metálicos, una de las inquilinas de Köpi 137, envejece, se abandona en la barra. Le dice al mozo que el Muro daba de comer a todos. Todavía se preocupa por la mirada de los demás, se acomoda el pelo, pone el codo, retira las manos, el alcohol la deja de lado, el cuerpo decide por ella. Tiene el maquillaje corrido.

Las paredes ya no tienen telones de seda ni el bar aquellas pequeñas mesas redondas y apretadas. Los muros están marcados, rasgados, pintadas con grafitti. El cemento y la música trance se imponen.

En la puerta del baño, dos hombres de unos cuarenta años se presentan vestidos con moños de color negro y falsos cuellos almidonados sobre sus cuerpos desnudos y tatuados. A cinco metros, un cura bendice a dos mujeres desnudas que bailan en una de las cuatro pistas. Un enano intenta seducir a una rusa de trenzas largas. Otro, vestido de policía, besa a un travesti.

En la pista principal, una señora arrodillada se entusiasma con un estudiante y un anciano en silla de ruedas ofrece su arte: body painting. El hombre enmascarado camina ahora en cuatro patas por la pista central. Besa los pies de su dueña, una joven frágil que lo pasea con una correa de perro.

Petra asegura ser hija de Schiller, Goethe, Heiddeger, Brahms, Marx, de Banden Baden, la Stasi, Nina Hagen, Hegel, también de Himmler, Heydrich y Hitler. Habla de los animales del zoológico, un centenar, liberados por las bombas aliadas: “Las ruinas de Berlín, las huellas de los tigres, monos, cocodrilos, elefantes, acechando las piedras de la Puerta de Brademburgo, oliendo los cadáveres nazis, escapando de las balas rusas, vagando sobre las ruinas de la ciudad”, dice. Habla de los tigres que se habrán comido algún muerto en combate, que buscaron refugio a las balas, que se precipitaron ciegos y sedientos en un descampado donde fueron ejecutados o encerrados por soldados rusos que combatían en Berlín.

Es de noche en las calles congeladas, bajo la nieve. Petra, adentro, tiene una palidez eléctrica, la voz suave, el cuerpo esbelto, frágil, fibroso, unos jeans Lee grises con dobladillo hasta la rodillas, remera vintage, botas de cuero negros bien envejecido, el cuello de cisne y las piernas interminables.

Afuera del Kit Kat la madrugada ofrece espacios ergonómicos; se adivinan sujetos informados, contenidos, servidos, iluminados. Pero se adivinan a lo lejos, en esa Berlín donde la culpa y el pasado siguen bailando de la mano. Acá en Köpi sólo se esperan los festejos del día siguiente. Sólo se espera el día, a falta de poder esperar alguna otra cosa.

Aniversario en llamas
El domingo hay combis destartaladas estacionadas frente a la casa. Los anarquistas de Europa vinieron a festejar. Las combis son como la casa: un basurero. La boutique de la casa es una caverna oscura con ropa colgada del techo y libros en el piso. El tipo que me atiende dejó su silla de ruedas en la vereda. Tiene la cadera quebrada. Me saluda inclinado en unos 90 grados y yergue la edición de la revista del sindicato de anarquistas, de Anarchismus und syndikalismus in Deutschland.

Son las dos de la tarde y se abre el comedor. Köpi cumple 23 años. La comida la preparó otra comunidad. Hay una decena de baldes con comida y el menú de dos euros incluye papas con mayonesa en baldes de plástico y tortas de crema con frutilla. Las fotos están prohibidas: “Somos paranoicos y antinazis”, dicen vestidos de negro, cargados de cuero, clavos, gomas, cadenas y perros.

Un joven, de 25 años, rubio, pelo largo atado, cola de caballo, pálido, los ojos azules perdidos, como alienado. Se instaló en otra casa anarquista cuando quedó en la calle, después de salir del hospital psiquiátrico. El padre lo ignoró por orgullo. El hijo decidió refugiarse por su cuenta. Espera la apertura del comedor, tiene hambre y tres euros. Se sirve por segunda vez, aunque no le alcanza el dinero. El hambre le da un aire decidido.

La casa -sala de conciertos, bar, comedor- tiene en un muro la imágen de Saddan Hussein. Hay un busto de un caballo petrificado con una máscara antigas. Una calavera cuelga desde una de las patas de una araña. Esos son los adornos del aniversario. Dentro de un año serán otros o los mismos. En todo caso, a nadie le importa. Mucho más importante es que en la sala del fondo, una pantalla colgada cerca del techo proyecta una pelea de box: dos pesos pesados.

En el patio hay baños químicos, mucho hierro, pedazos de esculturas, graffitis, pósters. Hay tarros que sirven de vasos y recipientes para el fuego donde cocinan la carne. Hay vómitos y gritos por todos lados. Hay cenizas y perros que orinan las paredes donde se agonizan unos afiches de partidos políticos. Hay fuegos que parecen eternos.

Köpi arde.

La fiesta sigue sin que nadie se anime a detenerla.

Kopi 136El día después
Es lunes por la mañana.

Hans despierta destemplado, se moja el pelo. Parece inseguro. Tiene jeans lavados, campera negra, zapatos marrones. Es un hombre de la corporación, de los que trabajan en una ciudad donde se puede trabajar poco, donde se puede tener poca plata.

El hombre Hans es insignificante e invisible. Plegó sus armaduras: la capa, el puñal, los clavos, se plancho la cresta. Tiene una semi barba, uñas recién aseadas, una mochila. Es empleado en una ferretería una vez por semana para justificar las ayudas sociales. Indefenso, obsecuente, unas horas a la semana paga el precio de la ley que insulta en silencio la anarquía de su reino.

Cada lunes, Hans se asusta cuando suena el despertador, siente un camión sobre el cuerpo. Es gordo y pesa más por las botellas de la noche anterior. Se viste. La noche anterior dejó preparada la ropa. Se lava los dientes. El cepillo está sucio, no hay dentífrico, caga a causa de los nervios. Toma un trago de alcohol. Las medias tienen los talones agujereados.

El perro duerme. Le roba unas gotas de perfume al tipo de arriba. Un frasco que encontró en la basura, residuos de una cartera robada a una turista en el metro de Alexanderplatz, donde los punks se arrodillan a pedir dinero.

Ni por un instante la mañana le sugiere un renacer: el hábito lo desplazó, el horror de vivir en lo sucesivo. Sale el hombre Hans, sin marcas, del perímetro de la casa okupa. El patio está cubierto de botellas, bolsas de plástico, basura, papeles y cenizas de la noche anterior. Son las 10, la comunidad duerme después de una fiesta que concluyó hace sólo unos minutos. Detrás, una bandera colgada en las paredes dice: Libertad a Alfredo Bonanno, anarquista italiano.

En la vereda todavía arden los tachos de metal, cubos partidos al medio, arden calientes como lo hicieron durante toda la noche. Algunos cuerpos negros aún festejan el fuego. El foco es denso, la mugre es omnipresente; los trapos, en jirones, cubren los huesos.

Hans avanza hacia el metro. Hoy no será día de ir a mendigar. Va a la ferrtería. En la estación del metro lo rodean rostros reposados, cremosos, inteligentes, profundos, republicanos. La escena es mínima. Hans se olvida de los otros, de esos que lo rodean, esa imagen patética de la otra Berlín, y observa atentamente el cadáver que brilla al costado del charco de sangre espeso, casi negro, en un rincón oscuro de la estación. El cadáver de costado, inmóvil. La imagen sólo ofrece ese asco urbano post fin de semana. El cuerpo debe irradiar alguna metáfora cruel porque Hans no deja de observarlo. Se trata de una rata aplastada en una estación de metro. Una rata muerta y sangrando. Nada asombroso. Sin embargo, Hans sonríe. Mira el cadáver de la rata, mira a los habitantes de la otra Berlín que lo rodean y no deja de sonreír.

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